Un viaje impetuoso con el Espíritu Santo

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Cuando te encuentras en una aventura de la vida, nunca sabes qué es lo que te espera en la siguiente curva. "Mi vida se ha engrandecido, aún así se ha hecho más íntima."
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Crecí en un pequeño pueblo llamado Camiling al norte de Filipinas… Creo que jamás pensé en llegar a ser monja. Imaginaba que me casaría y tendría hijos. Realizaría buenos trabajos y sería una Católica devota al igual que las mujeres que eran activas en la Iglesia y conducían oraciones en nuestro pueblo.

Entonces me cambié a Los Ángeles cuando tenía 17 años, y experimenté un choque cultural. Extrañé el Catolicismo de la gente de Filipinas –las fiestas del pueblo en los días del santo patrón o el ver a la gente rezar el rosario en público. En Los Ángeles la religión no parecía ser gran cosa, y nadie parecía expresar su fe en rituales o símbolos cotidianos.

Yo hubiera dejado de asistir, del todo, a la Iglesia, si no fuera por que mi hermano, mi hermana, y el director musical me invitaron a unirme a su coro. Al principio fui sólo porque me encantaba cantar, y el estar en el coro me permitía cantar constantemente. Pero al reflexionar en aquellos días, me doy cuenta ahora de que el coro me ayudó a establecerme en la fe. Al venir fielmente a los ensayos semanales y a la Misa del Domingo, me integré a la comunidad. El coro llegó a ser mi familia, en el sentido más amplio.

Trabajaba como ayudante en el área de contabilidad para una compañía financiera en Century City, California cuando comencé a sentirme inquieta e insatisfecha. Había sido un miembro del coro por varios años pero ahora realmente quería hacer algo más. Un amigo me animó a seguir buscando un ministerio y a confiar en que el Espíritu Santo me haría saber lo que era correcto.

Mi misión
Debido a que nunca me detuve a preguntar al Señor la misión que estaba destinada para mi, Dios debió haber decidido que finalmente estaba lista para una respuesta. Conocí al Padre Mike Andrew, un misionero Redencionista de Denver quien vino a mi parroquia con dos misioneros seglares Mexicanos. El grupo estaba allí para conducir un programa de misión bilingüe por dos semanas. El Padre Mike era encantador, hablando alegremente sobre lo que era la misión y lo que los misioneros hacían.

Mientras hablaba, sentí como si campanas estuvieran sonando dentro de mi cabeza, anunciando, "¡Esto es! ¡Ésta es tu misión!"… En Domingo Pentecostés, de 1997, el Espíritu Santo me dio ánimo para renunciar a mi trabajo, empacar mis maletas, y volar hacia Denver para unirme al grupo de la misión como misionera seglar.

Anhelo por la comunidad
Durante este tiempo, mis amigos comenzaron a preguntarme, "¿Ahora vas a ser monja"? Me reía de su pregunta, pensando que no era merecedora de ello. Me gustaba ir a fiestas y divertirme. Además, no quería que terminara la emoción de mi vida. Me imaginaba que si llegaba a ser monja, no habría más aventuras para mí.

Sin embargo, en las misiones conocí a varios sacerdotes y hombres y mujeres religiosas que eran gente normal –les gustaba divertirse, eran aventureros, y llevaban vidas emocionantes. También, el estar cerca de los Redencioncitas me dio una visión de lo que era una comunidad. Me preguntaba si éste sentido de comunidad era algo que había estado buscando.

El deseo de descubrir me estimuló para comenzar a enviar postales con preguntas a diferentes comunidades de mujeres. Quería saber cómo eran las diferentes congregaciones. De toda la literatura que examiné, la de las Hermanas Franciscanas del Sagrado Corazón fue la que más me conmovió. Me gustaron las historias que contaban para describir su comunidad, las relaciones calurosas que parecían florecer entre ellas.

Un día confesé mi vocación con la directora en un correo electrónico. Tan pronto como presioné el botón de "enviar", me atemoricé, dándome cuenta de lo que había hecho. Pero la respuesta de la Hermana Deborah me consoló, y empecé a planear el ir a una semana de experiencia en la vida Franciscana que tendría lugar en la Casa Madre de la Congregación en Frankfurt, Illinois durante el verano de 1998.

Después de dos semanas de haber estado con las hermanas, sentí como si mi corazón se estuviera separando en dos. De verdad me encantaba ser una misionera seglar, viajar con el grupo, trabajando con los feligreses de habla inglesa e hispana. Con todo sentía una conexión profunda con las hermanas y anhelaba el sentido de comunidad que observé con ellas. Ellas siempre estaban riendo, bromeando, y compartiendo pequeñas historias sobre cada una. Eran felices y parecían aceptar sus debilidades humanas con un profundo sentido de humildad y gozo.

Crecimiento y transformación
Mientras reflexionaba sobre la posibilidad de unirme a éstas hermanas, me quedé con mi grupo de misión bilingüe por otro año esperando un nuevo voluntario que me reemplazara. Visité otras congregaciones sólo para asegurarme que no había otra comunidad que me quedara mejor. Pero hasta el Padre Mike supo dónde pertenecía mi corazón. Con la ayuda de alguna dirección espiritual y discernimiento finalmente hice mi decisión.

Mi formación (los años de preparación antes de entrar formalmente a la comunidad) ha sido como aquella de los Israelitas que vagaban a través del desierto por 40 años: un camino de auto-descubrimiento y viaje personal con Dios. Como Jesús siendo impulsado por el Espíritu Santo, yo también he pasado mis 40 días en prueba, sólo para salir adelante en cualquier cosa que se presente.

Éste ha sido un período de crecimiento y transformación. Ahora, como hermana profesa (una "oficial"), tengo un sentido de rectitud, una plenitud de amor que nunca antes había sentido. Nunca me había sentido más cerca de Dios, de la Iglesia, de mi comunidad, y de mi familia y amigos, como lo hago ahora.

Mi mundo se ha engrandecido, aún así se ha hecho más íntimo. Sigo confiando en el Espíritu Santo para enfrentar mis retos y alegrías diarias. Y como veo mi futuro, recuerdo las palabras de San Francisco: "Déjanos entonces ir adelante y comenzar, hasta ahora hemos hecho poco o nada".
2004 © TrueQuest Communications
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